jueves, junio 09, 2005

El Euro no es tan sólido como lo pintan

Los responsables políticos y económicos de la zona euro lo pintan tan sólido porque es su trabajo. El buen funcionamiento de una moneda depende de la credibilidad y la confianza que tengan los mercados en la viabilidad de esa moneda. Pero no nos vayamos a creernos todo lo que dicen. En Italia los más populistas se atreven a decir lo que muchos piensan en Italia y Alemania pero callan: Básicamente que el euro les está haciendo daño a su economía y que unirse al euro ha sido una idea tan pésima como para colgar de los pulgares a los que la tuvieron.

El euro, lejos de beneficiar al euroárea está restando flexibilidad y mecanismos de reacción a los países. La sincronización de las economías que se veía como necesaria y como consecuencia de la unión monetaria, no se está produciendo. Los mecanismos pensados para promover la convergencia, como el Pacto de Estabilidad, se están cayendo a pedazos. El jurado está todavía deliberando, pero las previsiones no parecen optimistas a estas alturas del partido. En el mejor de los casos no parece que el euro sea absolutamente necesario para prosperar en Europa, como lo demuestra el caso del Reino Unido que va viento en popa fuera del euro mientras los grandes países del euro sufren, pero en el peor de los casos la unión monetaria podría causar una auténtica catástrofe de tintes argentinos.

Mientras, aquí se tapan las debilidades del euro, en medios anglosajones no se cortan un pelo. Aquí traduzco extractos de un artículo de The Economist que describe estupendamente la situación.

Incluso antes de que se adoptase el euro en 1999, estaba claro que ni la UE, ni los 12 países del euro, eran un área monetaria óptima. Idealmente, las áreas monetarias deben ser suficientemente compactas y homogéneas para mostrar poca variación regional de los ciclos económicos. de otro modo la política monetaria de talla única dejaría algunas regiones debatiendose en la recesión, mientras otras crecen tan rápido que se sobrecalientan. Son muchos los que argumentan que esto es lo que está ocurriendo en Europa, donde unos pocos países, como Irlanda, están experimentando un crecimiento rápido, mientras que grandes economías como Alemania e Italia se estancan.

En Europa, existen pocos mecanismos para volver a sincronizar los notablemente divergentes ciclos económicos del euroárea. El Banco Central Europeo (BCE) intenta buscar un curso medio entre los países de alto y bajo crecimiento, mientras establece su reputación en la lucha contra la inflación. El resultado ha sido una política monetaria demasiado “caliente” para algunos y demasiado “fría” para otros, y “justo en su punto” para casi ninguno.

Desafortunadamente para los entusiastas del euro, los últimos movimientos políticos han ido en la dirección equivocada. No solo se ha debilitado el pacto de estabilidad, que supuestamente tenía que ayudar a forzar el alineamiento de las políticas fiscales. Se ha estancado también el progreso sobre la ampliación del comercio, como con la directiva europea de servicios.

Sin estos cambios, el euro será capaz probablemente de andar cojeando, al menos de momento. Pero si no se hace nada, la inestabilidad crecerá. Se está comparando ya a Italia con Argentina, donde la paridad dólar-peso hizo que las exportaciones no fuesen competitivas, encendiendo una recesión y, al final, una crisis fiscal que forzó al país a deshacerse de la paridad y devaluar el peso. En este momento, esas comparaciones son sólo posibilidades escalofriantes, no futuros probables. Pero es sólo uno de los muchos escenarios plausibles en que los males económicos de sus miembros puedan resultar fatales para el euro.

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